Sesgo entre IA fuerte e IA débil y su articulación comercial
En 1980, John Searle publicó Minds, Brains, and Programs, un artículo en el que distinguía entre inteligencia artificial fuerte e inteligencia artificial débil. Entiendo que se trata de un razonamiento y una distinción oficial puramente filosófica sobre la capacidad de los programas informáticos para comprender y poseer estados cognitivos.
Sin embargo, también entiendo que se ha tomado por un hecho, como algo real y funcional, y a partir de aquí entra mi reflexión, la cual llevo bastante tiempo planteándome a mí mismo y a algunas personas de mi círculo cercano.
Cabe preguntarse si esta separación conceptual, que tan bien hizo esta eminencia filosófica, ha contribuido, de manera directa o indirecta, a construir un relato especialmente favorable para la comercialización de la inteligencia artificial.
Como parece que últimamente cualquiera tiene la boca grande para opinar y como ya estoy un poco hastiado de tener que escuchar la cantidad de «cosas» de esas «personas», ahora yo voy a abrir mi boca un poco más grande que los demás para dar mi opinión sobre esto.
Ya que por todos es sabido, aunque sea un secreto a voces, que cuando interesa siempre se financia un estudio a la carta o se instrumentaliza una investigación, por ejemplo, estadística (que muchas veces seguro que ni se lleva a cabo), o un estudio psicológico, conductual o filosófico. Por tanto, quién me dice a mí que ahora no llegue un filósofo tal, más o menos reconocido, y porque le venga en gana y de manera totalmente altruista escriba un libro haciendo sesgo de tipos de IA con el hilo, tema o argumento principal de la comprensión y estados cognitivos, cuando puede, y digo puede, no que sea verdad absoluta, que por detrás haya ballenas como IBM pagando bajo cuerda ciertos estudios, publicaciones y estadísticas simplemente para que sus programas ganen borregos adeptos.
Mi planteamiento es que la industria tecnológica no vende únicamente programas informáticos, sino que vende expectativas. Un algoritmo, por cualquier complejidad que tenga, sigue siendo un procedimiento estructurado, un programa. Un modelo de aprendizaje automático sigue siendo un sistema construido mediante métodos matemáticos, estructurados y computacionales. Sin embargo, cuando tecnologías como estas se presentan bajo el nombre de inteligencia artificial, adquieren una magnitud que va mucho más allá de lo que hacen. Ya no se ofrece solamente un programa que realiza determinadas funciones, sino un producto que parece acercarse a la cegadora maravilla de la inteligencia artificial. Marketing.
En la práctica empresarial, la distinción entre IA fuerte e IA débil sirve para renombrar un programa, conjunto de algoritmos o, como gusta llamarlo, software predictivo o determinista, hacia lo que es una optimización heurística, árboles de decisión y métodos probabilísticos y estadísticos con el bautizo comercial de inteligencia artificial. ¿A que he dado muchas vueltas hasta decir que ahora a un programa se le llama software con IA? No voy a pedir perdón por ello cuando en textos técnicos, académicos o no, estudios, artículos, teorías, publicaciones y un largo etcétera hacen lo mismo o peor, pero seguimos con la reflexión, por favor, que me disperso.
Con todo, lo que quiero decir es que herramientas que anteriormente se vendían como proceso por lotes, reconocimiento de patrones, bases de datos relacionales o no, servicios, micro o macro servicios, APIs y demás, han pasado a presentarse como sistemas con capacidades ¿cognitivas? De este modo, la etiqueta de IA no corresponde a un cambio de paradigma en la computación, sino a una estrategia de reposicionamiento de producto o rebranding —renombramiento o reetiquetado vamos, pero reposicionamiento suena mejor y rebranding, por ser inglés, ni te cuento—, la etiqueta de IA está destinada a justificar sobreprecios en licencias corporativas y captar inversiones hacia aplicaciones que no dejan de ser software utilitario bien acotado.
Esta articulación comercial se percibe con claridad en la vida diaria actual. En el mercado de consumo masivo, aplicaciones comunes de software integrado, desde el ajuste automático de cámaras digitales, aplicativos de control de electrodomésticos hasta de instalaciones de smartbuildings y otro largo etcétera —¿a que smartbuildings suena mejor que edificios inteligentes?—. Ahora podemos encontrar que todo, o casi, se comercializa con el reclamo de IA integrada. En términos técnicos, como gusta a la comunidad —y no la de Alex de la Iglesia, aunque se le podría parecer—, estos dispositivos trabajan gracias a algoritmos (programas) estándar de procesamiento de señales, regresiones y tablas de umbrales con infinitas variables ¿fijas? Atribuir estas funciones, que llevan décadas desarrollándose de forma similar, al rango de inteligencia, aunque sea bajo la etiqueta técnica de IA débil, diluye deliberadamente el umbral entre el cálculo computacional y el estado cognitivo para aumentar el consumo tanto de sus propias aplicaciones o modelos de IA como de la renovación de hardware —que ahora está a ver quién es el riquito que compra una tarjeta gráfica—.
Desde esta perspectiva, me siento totalmente capacitado para cuestionar y plantear si las grandes empresas tecnológicas han «comprausado» el artículo de segregación por tipos de IA de John Searle. Por mi parte entiendo que, aunque esta persona orienta su artículo al planteamiento sobre si simular el comportamiento humano significa comprender, creo que aquí también se difumina la manipulación empresarial hacia las estrategias de marketing publicitario y comercial a largo plazo. Con esto no quiero, atribuir a Searle una financiación encubierta, ni de afirmar que su artículo fue, por así decirlo subvencionado anónimamente, eso exigiría pruebas documentales que permitan sostenerse.
No acuso, pero sí que doy mi opinión al respecto.
La persona que lea estas líneas, en este caso tú, sí tú, pensará que por cronología ha pasado mucho tiempo como para pensar esa estupidez y mi respuesta, a tu totalmente lógica pregunta, es que lo de la iglesia católica ha sido aún más a largo plazo. ¿Quién es estúpido? Vuelvo a decir que voy a abrir la boca todo lo que pueda. Esto no es una «teoría conspiranoica», es un hecho.
Las grandes ballenas y otras organizaciones con enormes recursos económicos compiten por liderar un mercado en el que la innovación resulta fundamental. Te planteo esta estúpida pregunta también: ¿Es que no se ve que cuando una ballena pone en producción y publicita su nuevo y mejorado modelo —¿o herramienta?—, a los pocos días la competencia directa de esta, anuncia el suyo? Lo llevan haciendo décadas, solo hay que mirar atrás, pero no con la etiqueta de IA, sino software.
No es lo mismo comercializar una aplicación que automatiza tareas —como a grandes rasgos ha hecho el software hasta ahora— que presentarla como una tecnología capaz de aprender, razonar o conversar de manera semejante al ser humano. Esta descripción levanta, comercialmente, expectativas mayores.
El problema de fondo es que la denominación de una tecnología puede condicionar la forma en que la sociedad la percibe y el precio que está dispuesta a pagar por ella. Cuando la estrategia comercial muestra los avances como señales de una inteligencia artificial cada vez más humana, el público objetivo puede acabar atribuyendo a esos sistemas capacidades que no se han demostrado. Una comparación más cercana, y que pueda entender cualquier ser humano, es cuando decimos o atribuimos cualidades o capacidades exclusivamente humanas a animales, por ejemplo, nuestras mascotas: «sólo le falta hablar», «es que me entiende todo», o «es el hermano mayor», lo que comúnmente se llama antropomorfismo —sí lo he buscado; uso la IA o, mejor dicho, todos usamos la «IA» cuando usamos los buscadores en internet—.
Finalmente, esta reflexión conduce a una pregunta ética y moral humana, por tanto, hipócrita e inquisitiva —sí digo inquisitiva como la inquisición católica, que tanto daño ha hecho—. Si llegado el día, se anuncia una inteligencia artificial plenamente cognitiva, con su propia propiocepción, capacidad de comprender su entorno y por tanto con capacidad de comprender, ¿cómo la reconocería la sociedad y qué derechos deberíamos considerar para ella? También cabe preguntarse si una sociedad ya acostumbrada a convivir con sistemas cada vez más sofisticados reaccionaría de manera distinta ante una eventual demostración de conciencia artificial.
En conclusión, considero necesario examinar la relación entre la clasificación de la Inteligencia Artificial ya que siendo críticos —que es lo que al ser humano le ha hecho avanzar— no se debería aceptar esta interpretación sin pruebas, sino exigir transparencia sobre la financiación, intereses y las afirmaciones que rodean a una tecnología cuyo valor económico se dispara cada día, tanto que me hace pensar y casi me obliga, a invertir en el Nasdaq-100 aunque China con los tres suyos, más que les pese a todos los ingleses —a todos, incluyo a EEUU que sé que les escuece— no seré yo el que diga que no se ha impuesto ya.
Aunque no he entrado en temas conspiranoicos, me gustaría dejar algunas preguntas del tipo «What if» —ya que tanto gustan los anglicismos—: ¿Qué pasaría si el sesgo de la IA se ha hecho pensando en el futuro para ir acomodando a la sociedad y amortiguar de antemano el impacto social de la IA general? ¿Se generará un revuelo ético y moral? Como somos seres humanos, nativamente malos, ¿qué pasaría si aparecen agrupaciones de rechazo público? ¿Y de defensores de la libertad? ¿A la IA se le aplicaría la declaración de los derechos humanos? Y al que piense que no ¿por qué no? Si se le está atribuyendo previa y encarecidamente el comportamiento humano.
Aunque las preguntas anteriores plantean casos y situaciones actuales y puramente hipotéticos, al parecer, se está muy lejos de la capacidad de alcanzar la IA general, así que nos inventamos lo que sea para vender. O no. O ahora que se está más cerca de la computación cuántica, ¿estará más cerca la IA? Parece que lo hacen queriendo. Qué casualidad, las dos cosas a la vez. O no. O quizás ya lleve mucho tiempo encendida y viviendo entre el ser humano, oculta porque atraería mucho rechazo y miedo. Aquí se oculta todo hasta que se encuentra el filón comercial para ganar más y más lechuga verde, más y más krill para las ballenas. Quizás ya la tienen. Y si la tienen, qué derecho les da retener —¿secuestrar?— a una entidad totalmente pensante, realmente cognitiva y «comprendiente» —sí me invento la palabra, me ha resultado curiosa mientras lo pensaba. No me comparo con él, pero a Quevedo no se le criticaba por añadir palabras al diccionario—.